PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 15                                                                                                      JULIO-AGOSTO  2004
página 2
 
 

LA UTOPÍA DE LA FELICIDAD

 
La justificación metafísica de la felicidad es tan difícil como cualquier realidad sicológica, que no admiten demostración sino experimentación personal. La conciencia es la única testificación de los estados sicológicos, por lo que se considera a los mismos absolutamente subjetivos, lo que no impide que sean tan reales como la vida misma del sujeto que los padece.
Hablar de la entidad de la felicidad supone un ejercicio de definición del paradigma de la autosatisfacción derivada de la realización personal. La satisfacción puede derivar de muy variados estímulos, desde el apaciguamiento de los estados de ansiedad de las apetencias sensuales, hasta la sensación mental de éxito derivado de la reafirmación social de las propias ideas. Por ello es necesario acotar el campo definido para la felicidad de acuerdo a la común opinión de la conciencia colectiva.
Denominamos felicidad al más alto grado de satisfacción que inhiere en la raíz de la persona de modo estable y que le proporciona el mayor grado de autoestima como ser. La esencia de la felicidad sería que hace al ser humano estimarse como ser.
Esta valoración del ser radica simultáneamente en la percepción de su existencia y proyección de su operatividad; la felicidad es una satisfacción intelectual, no sensible, pues el acto personal de conocerse corresponde al intelecto, es fruto del pensamiento.
Distinguir las satisfacciones de bienestar y felicidad parece que es metodológicamente necesario poder especificar los influjos de cada una de ellas en la persona. El bienestar es, sobre todo, una sensación pasiva, la ausencia de mal o perturbación sobre la mente, y se produce en su mayor dimensión por la neutralización de los estados de ansiedad anímicos más inmediatos: ambiente, apetito, sexualidad, éxito, salud, etc. Podríamos resumir que el bienestar es neutralización de todos los estados de inquietud sensibles o mentales que afectan a la persona.
La felicidad, en cambio, corresponde a una sensación mucho más profunda en la que, con independencia de tener satisfecha las inquietudes, la persona se siente satisfecha de ser el ser que puede hacer lo que hace. Es un reflejo de la naturaleza de la propia actividad que se valora por lo que puede hacer.
De aquí que la felicidad esté muy en dependencia del bien, no tanto en cuanto cualidad que nos perfecciona, sino en cuanto de bien hacia los demás se sigue de nuestra propia operación. Esa satisfacción íntima y estable derivada del bien o deber cumplido constituye el accidente que llamamos felicidad.
Pero la felicidad como sentimiento no es estable y por ello es necesario hablar de la utopía de la misma. Si la conciencia del hombre es capaz de analizar el bien que hace, también lo es de conocer el bien que no hace, el que le faltaría por realizar e incluso el bien que nunca podrá conseguir ejecutar. ¿De esta limitación no se sigue permanente insatisfacción, y por ello la imposibilidad de la felicidad? como tantos pensadores han denunciado.
Es evidente que la felicidad absoluta es una utopía, pero una utopía posible si consideramos que la felicidad no es un estado estático sino un proceso dinámico cuya percepción se corresponde a un punto determinado de la función de un proceso vital cuyo límite es la plena satisfacción interior por la perfectividad de la obra realizada y que se desarrolla según una ecuación dependiente del bien. Dada la limitación personal, el hombre no puede alcanzar el límite de ese proceso, pero ello no quita que en cada momento de su vida alcance un punto de correspondencia. Dado que todo es mejorable, no es que el hombre no alcance la felicidad, sino que permanentemente se encuentra en una posición del proceso en el que disfruta de la felicidad en una porción determinada. De este modo la felicidad siempre estaría en potencia de una mayor realización.
Estas posiciones son las que realmente se corresponden con nuestra percepción sicológica. El grado de felicidad que alcanzamos, aun correspondiendo a una satisfacción interior real y perceptible en la conciencia, se simultanea con una percepción de la inconsistencia radical de la misma que se valora incompleta y perfectible, pero que ello ni anula la propia experiencia ni la relativiza. Lo que indica que la subjetividad que conlleva el sentimiento de felicidad por una parte supera la mera sensación y por otra que no es un fantasma ideal, pues de ser así el conocimiento de su propia finitud la haría desaparecer.
La utopía de la felicidad quedaría para tantos a quienes el esfuerzo por la propia realización nos es tan dificultoso que no pasa de constituirse en un permanente anhelo más que un proyecto efectivo. También nosotros que hemos gozado del sentimiento de la felicidad alguna vez en la vida lo sabemos en conciencia real, tan simple y accesible y tan arduo como cumplir el deber de cada jornada.