PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 15                                                                                                      JULIO-AGOSTO  2004
página 7
 
 

DEL ENTE MÓVIL

 
La materia prima que constituye todo el cosmos es la misma y única, pues ni se crea ni se destruye sólo se trasforma o mueve actualizándose en las múltiples sustancias que constituyen todo lo que es en un determinado instante de tiempo. Los seres son determinados – podríamos realizar una enumeración de los entes reales si tuviéramos una capacidad infinita para instantáneamente computar todo lo que es – pero la potencialidad de ser de la materia no es determinada, sino que permanentemente está abierta a ser determinada en una nueva forma de la naturaleza.
La materia primera es única si consideramos que necesariamente es la misma la que sustenta todas las sustancias, pues si admitiéramos dos o más materias distintas ninguna de ellas podría ser primera o capaz de ser determinada en la forma de cualquier sustancia. Admitir más de una clase de materia conduce necesariamente a considerar la segregación existencial del cosmos, en los que las sustancias no pudieran entrar en relación de intercambio sustancial.
El que la materia constituya y pueda ser todo exige que de por sí no sea ninguna sustancia, porque determinada en una sustancia, por infinita o atómica que ésta sea, la determina en oposición a cualquier otra sustancia, porque dos cosas no pueden ser distintas y únicas en unas mismas coordenadas metafísicas. Por ello, llamamos materia primera a la que no está determinada por ninguna forma en una sustancia. De aquí que Aristóteles afirmara que considerada en sí misma no es “qué”.
Considerar la energía como el estado de la materia primera, por su potencialidad de ser todo sin ser ninguna materia, sólo es metafísicamente aceptable si se considera la energía desprovista de toda forma sustancial que la determine como un ente de quien pueda predicarse cualquier cualidad operativa. La energía pura es tan real como que lo sustenta todo, aunque aislada en sí no pueda sintetizarse como lo que entendemos por materia porque conocerla como tal es ya conocerla con una forma o naturaleza.
No se debe confundir la realidad de la materia prima o energía potencial común – como también podría ser denominada en un intento de acercar los conceptos físicos y metafísicos – con los entes de razón. Éstos corresponden a realidades sicológicas de la forma de conocer la realidad, pero la materia prima, sin embargo, aun no siendo una sustancia, es la realidad más universal pues constituye la materia permanente común a todo lo que existe en las formas de cada una de las sustancias tangibles.
La forma o esencia de lo que cada cosa es determina a la materia primera según un modo de ser, para constituir una sustancia, que vulgarmente  denominamos persona, animal o cosa. La percepción común que de la trasformación de las cosas tenemos es el fundamento de toda la teoría aristotélica para diferenciar lo que una cosa es según la forma que la determina en una determinada esencia que la hace ser eso y no cualquier otra cosa. Cada sustancia es algo determinada en razón de una organización específica de la materia, lo que llamamos forma sustancial, y que la constituye en una sustancia que la distingue de todas las demás. Algo es una determinada cosa mientras conserva la forma característica que la unifica según un modo des ser, pero mediante el cambio de forma la misma materia pasa a ser una nueva cosa.
Esta teoría que Aristóteles enunció en función del estudio de la trasformación de unas sustancias en otras, se compara con la estructuración del cosmos por la integración de las partes atómicas en sucesivas sustancias que constituyen cada vez elementos más complejos. Desde la sustancia atómica del carbono, que tiene su perfecta realidad en la forma de ser propia, con su cantidad característica de protones y electrones, y que se une a otras estructuras atómicas según la ley de sus cualidades, hasta el ser humano, en cuyo cuerpo están los átomos de carbono combinados con los átomos de otros elementos, existen una secuencia de formas: átomos, aminoácidos, células, órganos, que todas comparten la misma materia pero cada cual según sus formas de ser entes distintos. La distinción real entra cada una de las sustancias es evidente, y ni el ojo es hombre, ni el hombre es cromosoma, pero todas cambian tras la muerte para ser, desde sus elementos más ínfimos, nuevas cosas en el mundo.
La mayor dificultad para el hombre común lo constituye la movilidad de las esencias. ¿Porque hasta qué punto se puede tener seguridad de que las cosas son lo que son y no han cambiado? ¿Hasta que límites de cambio una cosa es o deja de ser algo para ser otra cosa?
La filosofía de los últimos siglos ha estado marcada por intentar dar respuesta a la inquietud moral de si las cosas son como las conocemos o es nuestro conocimiento quien las categoriza según formas de ser adecuadas a nuestra estructura mental. Pero, ¿es nuestra capacidad mental la que debe enriquecerse con la observación de la realidad, o empequeñecer ésta hasta el límite de nuestra poquedad?
Lo que en la ciencia la teoría de la relatividad parece haber asentado como principios fundamentales para toda la física contemporánea, en metafísica, hace veinticinco siglos, Aristóteles definió una teoría sobre el cosmos y es muy probable que su percepción metafísica de la realidad fuera tal que debamos volver a la esencia de algunas de sus conceptuaciones para atinar a justificar la filosofía de nuestros días.