PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 19                                                                                                      MARZO-ABRIL  2005
página 9
 

 ALIANZA MATRIMONIAL

 
Entre las cosas que son comunes a muchas cultural está la de significar la alianza matrimonial mediante un anillo. Desconozco la historia de cuándo comenzase a utilizar ese objeto como señal de la constitución matrimonial, pero quizá lo más relevante no sea su valoración tradicional sino lo que puede significar en cada enlace.
El anillo no es esencial en la vida de pareja pero cuando con tanta generalidad se utiliza tiene que ser porque preste algún valor para los cónyuges y para la sociedad. La más general aceptación del valor del anillo de compromiso es la denotación de que esa persona ha accedido a un estado civil que comporta unas responsabilidades en el grupo social. Cierto que los anillos, sortijas u otros símbolos afines son de quita y pon, por lo que como símbolo sólo lo es desde la voluntad de asumirlo como tal por quien lo lleva.
Muy probablemente el valor del anillo como alianza sea mucho más relevante por el valor simbólico que respecto a la fidelidad puede entrañar para el que lo asume como tal. La fidelidad que se prometen los esposos cuando contraen matrimonio supone esencialmente la confianza y la mutua sinceridad. Esa fidelidad es más una realidad moral que una dependencia. Constituye un marco de convivencia y de intercambio de esferas de intimidad que en mucho depende de la personalidad de la pareja. Hasta dónde el compromiso de fidelidad ahonde depende mucho de la mutua consideración. Desde esa situación el anillo asume el valor de símbolo para la moralidad de la persona en la que en él tiene una presencia sensible de los compromisos que significa.
La voluntariedad de portar el anillo puede servir de recordatorio de las responsabilidades libremente asumidas y cuando una persona permanentemente lo lleva ya está motivándose a una fidelidad que hay que construirla cada día.
La ingenuidad y la madurez parece que son procesos sicológicos contrarios. La madurez entraña la asunción de responsabilidades, aunque las mismas gusten más o menos en cada situación o circunstancia de la vida. La fortaleza mental no es un factor baldío de la vida, pero que en muchas ocasiones precisa de toques de atención para no perder la perspectiva de lo importante. Ahí es donde pueden ayudar el recurso de los símbolos que nos recuerdan lo que determinamos en una situación más sosegada.
Prescindir de los signos matrimoniales no restan nada a la legítima sensibilidad de la pareja cuando conscientemente se estima así. Muy probablemente es una manifestación de la propia seguridad. Pero es muy distinto cuando los signos se retiran porque comienzan a pesar los compromisos. Esa cierta ambigüedad es probablemente el comienzo de la infidelidad, no tanto en su realización material como en cuanto a su dimensión moral. Sin romper la fidelidad, se comienza considerando la carga de la misma sólo en su aspecto negativo y desde ese punto se traslada a una perspectiva mental de que todo depende de las circunstancias y que cada cual tiene pocos recursos para superarlas cuando vienen contradictorias. Desde ese planteamiento, en que se minusvaloriza el esfuerzo de lo personal, la infidelidad está a un corto paso.
El anillo como símbolo, por tanto, no lo es de la fidelidad guardada sino que, desde el punto de vista práctico, sirve para comprometer el esfuerzo de poner asiduamente los medios para lograrla.