PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 21                                                                                            JULIO - AGOSTO  2005
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 SEXOS CONTRARIOS

 
La realidad de la distinción sexual de los seres humanos corre pareja a la de la mayoría de los vertebrados, especificándose el género en el rol propio que le compete para la reproducción de la especie. Cada uno de los géneros ha desarrollado órganos apropiados para participar de modo propio y distinto en los actos concernientes a la reproducción: copulación, gestación, manutención y protección de la cría.
Desde el juicio filosófico que compete sobre el ser humano, la distinción de géneros hay que considerarla en la segunda especialización de modos de ser, o sea, en la que distingue por la determinación corporal, porque la primera, la que corresponde al modo de ser racional o espiritual, creativo e intelectual, es un único modo de ser común para todos los seres humanos. Esa facultad anímica que anteriormente especifica el yo como ser pensante es única y común al ser racional y anterior, en el orden ontológico, a cualquier otra determinación.
Es en la segunda especificación ontológica del modo de ser donde la distinción sexual especifica modos de ser propios para el género masculino y femenino, mediante una estructura orgánica distinta apropiada a la función propia a desarrollar en la reproducción.
El modo de ser propio del género deriva de la prioritaria función que la transmisión de la vida supone para los seres vivos. La vida, y más especialmente su determinación en las distintas especies, compete de tal manera al modo de ser de las mismas que de ellas depende en primer grado su supervivencia. Del adecuado ejercicio de ese modo  de ser se sigue la perpetuación de la especie, que en el ser humano supone además no sólo la actividad corporal sino el bagaje cultural correspondiente a su esencial modo de ser intelectual y creativo.
El modo de ser propio según la especificación del género no sólo se ha determinado según la especialización de los órganos sexuales, sino también por todo un comportamiento de influjos hormonales y neuro sensoriales que, dirigidos o no a las funciones reproductoras, conforman la apariencia corporal y la personalidad de cada individuo matizadas por la distinción de género.
La oposición generada entre los modos de ser del ser humano en función de su rol propio para la reproducción ha originado la distinción entre hembras y varones. La inquietud de la filosofía se dirige a definir la clase de oposición creada por la distinción sexual, por lo que de interés tiene para la interpretación antropológica del ser humano. Desde el punto de vista lógico, cabe considerar como posible una oposición contraria o una oposición contradictoria, siempre contemplando al ser humano en su segunda especificación ontológica como entidad determinada por su corporeidad.
La observación de las características de los individuos, desde donde abarca el legado histórico, ha sido constante en distinguir rasgos específicos en cada género, al mismo tiempo que considerar cómo algunos de esos rasgos que caracterizan a un género se encuentran, no obstante, también presentes, aunque en menor proporción, en individuos del género contrario. Por ejemplo: la conformación de las formas corporales más suaves y redondeadas propias del género femenino, la barba y extensión del pelo sobre todo el cuerpo en el hombre, la mayor o menor fortaleza muscular, las zonas corporales de acumulación de la grasa, etc. Esta apreciación de características específicas de un género que se presentan en individuos del contrario nos sitúa en la consideración de una oposición de contrarios entre los géneros determinados por los sexos masculino y femeninos, en cuanto que la oposición real de los mismos existe por la distinción orgánica esencial, aunque dicha oposición no suponga la radical exclusión entre las características exteriorizantes de las mismas. Si entre lo masculino y lo femenino existiera una oposición contradictoria, el modo de ser de cada uno conllevaría un comportamiento excluyente en todas sus formas para el sexo contrario. Esta oposición entre contrarios nos permite asignar un género a cada persona desde su nacimiento en función de las características fundamentales de sus órganos sexuales. Lo que no podemos determinar hasta el desarrollo corporal que sigue a la pubertad son el conjunto de manifestaciones orgánicas y de personalidad que puedan definir como  más o menos acentuados los rasgos propios de cada género. Ello determina cómo esa situación de contrarios se realiza realmente sin una absoluta línea divisoria que separe lo que pertenece a cada género, como se realizaría en el caso de que la oposición de los mismos fuera contradictoria.
Lo que la sabiduría común había observado desde siglos, las investigaciones biológicas han venido a confirmarlo demostrando que las hormonas que desarrolla el cuerpo humano al servicio de las caracterizaciones sexuales no son exclusivas de cada sexo, sino que ambos géneros producen en mayor o menor cantidad estrógenos y testosterona. Aunque es cierto que los niveles de una y otra hormona normalmente se ajustan a la sexualidad específica, también es cierto que las proporciones en cada individuo pueden ser diversas, lo que determinaría una mayor o menor manifestación de rasgos típicos del género.
La oposición de contrarios entraña que debe admitirse como natural la inexistencia del sexo como un estado de absoluto, de modo que cada individuo ha de aceptarse de acuerdo a su peculiar configuración y ha de aceptar a los demás como son y no según la forma ideal que se nos pudiera antojar. La sexualidad de cada individuo quedaría manifestada por una acumulación de factores dominantes de la especificación genérica, pero no de modo excluyente, como sucedería de darse una oposición contradictoria en el que las características de cada sexo se excluyeran necesariamente del contrario.