PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 32                                                                                          MAYO - JUNIO  2007
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VERDAD E IDENTIDAD


La noción metafísica de identidad establece la unívoca relación de un ser consigo mismo. La individuación de la sustancia produce que ontológicamente no pueda predicarse sin posibilidad de error más que de cada objeto particular la identidad consigo mismo, pues entre varios objetos, aunque compartan una misma materia y forma, sólo se puede afirmar sobre su semejanza, ya que por la razón de individuación cada una de ellas serían no idénticas en cuanto como objetos o sustancias individualizadas cada una está caracterizada por ser ella y no otra, de modo que si A no es B la relación entre ambas no cumplen la esencia metafísica de identidad por la que A = A. Sólo impropiamente se puede decir que A es idéntico a B como el límite de una ecuación de similitud entre dos substancias, en las que para todo A se corresponde B. El límite de esta relación de igualdad a veces se confunde con la identidad, de modo que formulamos proposiciones como: este objeto es idéntico a aquel.
La identidad del propio objeto, que se correspondería a una relación intrínseca de la cualidad de la unicidad del ente, transciende del orden ontológico y lógico del ser al de la percepción de dicha relación en cuanto puede ser predicada en virtud de la aplicación que establece que A = A. La conciencia de identidad será derivada del resultado de las percepciones que posibilitan establecer como unívoca la relación de de A = A. Por eso, la identidad personal puede ser considerada como percepción intuitiva del transcendental del ser o como objeto de conocimiento por la reflexiva consideración construida desde las percepciones sensibles de la esencia de la relación que se da entre un objeto y el conocimiento que de sí mismo se tiene. Esta identidad constituiría la esencia primera de la verdad en el conocimiento primario de que A = A, y al tiempo la esencia final de la verdad por la que se concluye un razonamiento por el que A = A: Del más perfecto conocimiento sobre mí mismo puedo concluir los contenidos de verdad propios de mi identidad que me hacen A = A y A distinto de B, C, D, E, F...
El conocimiento de la identidad de cada objeto, que le hacen distinto a cualquier otro ser, informa todos los contenidos de verdad de la razón, porque toda verdad identificaría en su límite al conocimiento que tiene por objeto conocer la identidad de cada ser. Como el conocimiento de la íntimo que constituye la identidad sólo es posible de percibirse desde la reflexión interior, la aproximación a la verdad de los objetos externos se ha de realizar por la síntesis de la similitud, el límite de A como B, y de la distinción A no igual a B. De este modo, desde nuestra percepción subjetiva, identificamos los rasgos de verdad que consideramos formarían la identidad propia de B. La verdad objetiva se correspondería con que esos contenidos fueran idénticos con los entitativamente propios de B.
El conocimiento de la verdad es una tarea ardua al mismo tiempo que constituye el objeto propio de todo conocimiento.  Si nos es difícil identificar nuestra propia personalidad, que constituye el conjunto de relaciones que nos son más próximas e inmediatas, cuánto más dificultoso será identificar las realidades externas. Sin embargo, en uno y otro caso, tendemos a dar categoría de verdad a las percepciones de la razón sin haber contrastado en ellas, mediante la identidad con la realidad de lo que las cosas son, las condiciones de verdad que contienen.
En ese proceso de conocimiento, verdad y realidad es donde se mueven nuestro juicios, y del desacuerdo entre ellos se siguen consecuencias relevantes para nuestra concepción del cosmos y de la sociedad. De la desajustada articulación de los mismos se puede concluir desde la imposibilidad de la objetividad del conocimiento, hasta la negación de la realidad, cuando las más de las veces no es sino la errónea aplicación de un adecuado orden para transcender la realidad de las identidades entitativas de los distintos objetos hasta nuestra razón.
Quizá suframos los hombres de las generaciones contemporáneas carencia de sabiduría para discernir en el ámbito de las simples percepciones la realidad tal como es de cómo se nos antoja que debiera ser.