PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 32                                                                                          MAYO - JUNIO  2007
página 9
 

¿ESCUCHAR O IMPONER?


La filosofía social se construye desde la relación en que pueden entrar dos o más seres humanos para obtener todos un beneficio que es al tiempo común y particular. La moral de esta filosofía se asienta en que esa relación beneficie a todas las partes, porque si se impusiera el interés de una sobre las otras, en virtud de su poder,  esa relación sería injusta, quedando afectadas las partes por el accidente de dominio: dominador y dominados. Siendo la relación el núcleo elemental de la sociedad conviene aproximarse a los factores que intervienen y hacen posible la relación entre personas. Entre estas merece un destacado lugar el diálogo.
Toda relación tiene su origen en un conocimiento, continúa en una puesta en contacto, un diálogo, unas conclusiones y un acuerdo. Este proceso tan elemental se reitera en todas las relaciones sociales, desde las relaciones de pareja hasta las estructuras sociales más complejas, siempre que la relación preserve la moralidad debida al respeto de la libertad de las personas que intervienen. La inmoralidad de las relaciones sociales también se derivan de la tergiversación o conculcación de alguno de los pasos de este proceso, bien porque se obvia el diálogo o bien porque la resolución unilateral elimina cualquier posibilidad de acuerdo conclusivo. Como puede observarse ello procede de la anulación de la libertad de de actuación para alguno de los concurrentes.
En el núcleo del proceso relacional se encuentra el diálogo, que consiste en la manifestación mutua de las características, circunstancias, voluntades, interpretaciones... que de la acción a concertar tienen cada una de las partes. Hay que tener en cuenta que porque el ser humano es un ser libre concierta según su libre voluntad, entendiéndose como relación social aquellas que le incumben de modo creativo, no necesario. Por ejemplo, las relaciones filiares no adquieren dimensión de relación social hasta que los hijos adquieren la madurez necesaria para asumir libremente las implicaciones de una relación con sus padres, mientras tanto más que de relación social habría que hablar de relación de dependencia, porque mientras la paternidad sigue a unos actos volitivos, la filiación se adquiere con la mera existencia sin ejercicio de la libertad. En estas relaciones de dependencia no es representativo el diálogo, poro podría afirmarse que en cuanto se da cabida al mismo se produce la reordenación de la relación de dependencia a una relación social.
Dialogar supone una comunicación bidireccional en la que los espacios pueden ser de muy distinta magnitud, pero al menos ha de haber la que manifieste su conformidad o disconformidad. Normalmente los espacios son proporcionados a las necesidades expositivas de cada uno de los comparecientes en la relación. Dado que toda relación sigue una finalidad de interés, cada una de las partes evalúa sus posiciones respecto a las contrarias valorando cuáles convergencias animan el interés común. Para aproximarse a ese conocimiento se hace preciso escuchar los razonamientos de la parte contraria, porque sólo así se pueden detectar los puntos de interés común que constituyen la base del posible acuerdo objeto de la relación.
La personalidad humana está marcada por una tendencia a ponderar su interés de modo desproporcionado, como lo que garantiza su supervivencia, potestad o simple bienestar, de modo que muy habitualmente acude a dialogar excesivamente condicionado por una visión particular, que incluso puede ser la que no favorezca su interés, porque también el conocimiento del hombre yerra en lo que respecta al propio bien. Si se acude al diálogo así de condicionado, con voluntad de imponer, la capacidad receptiva se presenta afectada y el entendimiento de la razón de las otras partes, por un juicio premeditado, se distorsiona de la realidad impidiendo la comprensión mutua.
Para un progreso de calidad en las relaciones sociales sería interesante aprender a dialogar, no en la forma de mejorar la oratoria para convencer, como se enseña, sino en la receptividad, lo que se consigue mejorando la acttud para escuchar.
Considerar como una debilidad de la personalidad el escuchar y modelar el propio criterio de acuerdo también a la opinión ajena ha sido sostenido regularmente por la dialéctica del poder, basada en una jerarquización de los seres humanos por razón de posición estamental. Esto que ha afectado a la familia, al Estado, a la religión y a cualquier agrupación o colectivo social está cayendo en revisión desde las nuevas cocordenadas formales con que se quiere diseñar el mundo moderno, por ejemplo, con la democratización de todas las relaciones, pero para que transforme realmente a la sociedad es necesario la complicidad multilateral de que escuchar y no imponer no es una debilidad sino una ponderación de la libertad individual y un reconocimiento de que el acuerdo estable se sigue de la maduración intelectual y no de la pasión por la defensa del propio interés.
Cuanto de más responsabilidad es el puesto que una persona ocupa en las relaciones sociales, más necesario le es saber escuchar, contra de lo que pudiera parecer de que por razón del cargo le correspondería imponer el que se presume un objetivo criterio.