PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 47                                                                                           NOVIEMBRE  - DICIEMBRE  2009
página 10
 

TRANSIGENCIA CRISTIANA

 
En el ámbito social se suele señalar como un campo de intransigencia el que incumbe a las religiones, pues parece que desde la defensa de una verdad única se justifica el imponer esos criterios como forma de aplicar su doctrina para el bien de los fieles. Pero siendo eso así, hay que admitir que igual o mayor intransigencia presentan las ideologías, los racismos, los machismos, los nacionalismos, etc. y en general, en mayor o menor medida, muchas de las estructuras sociales que pretenden liderar los influjos que gobiernan las formas de vida de la sociedad. La intransigencia es una forma de dominio de la personalidad ajena, que muchos admiten desde la perspectiva de que no todas las personas están dotadas de por sí para ordenar su vida en razón y coherencia.
Dentro de la religión cristiana se advierte que existe una corriente clerical que admite y fomenta la intolerancia como forma de sostener inquebrantable la fortaleza moral que se imparte, sujeta ésta a la tradición y como garantía de la unión en la fe de todas las comunidades locales. La estructura jerárquica representaría el medio de mantener la intransigencia exigiendo el sometimiento al derecho propio, a la normativa litúrgica y a los preceptos moralizantes.
Contemplada externamente, la crítica sobre la intransigencia de la religión cristiana se fundamenta en el juicio histórico que les merece de la política disciplinaria cuando diversas iglesias han administrado responsabilidades en el poder civil. Quizá una de las referencias públicas de la intolerancia lo constituyan los tribunales de inquisición que durante siglos patrocinaron la sumisión al clero de la vida civil.
Asignarse o asignar la intolerancia como una forma de reivindicar la fe cristiana no deja de ser una paradoja difícil de justificar en el cristianismo, si por ese nombre se reconoce la fidelidad a la doctrina predicada por Jesucristo, tal y como la exponen los libros evangélicos. Al contrario, para quien lee la vida de Jesús -sea o no practicante cristiano- una de las caracterizaciones que transmite su doctrina es la de la tolerancia, por la no se debe juzgar a los demás. Es tan reiterativa la invitación a la tolerancia, que esa doctrina marcó la vida de las primeras comunidades cristianas, siendo tan sólo siglos después, cuando el poder civil desconfiguró el objetivo religioso, que se pueda constatar una intolerancia en el seno de las comunidades por hacer prevalecer una idea  o imponer una norma.
Es de justicia resaltar la verdad de esa actitud tolerante de Jesucristo, para que no puedan achacarse a la doctrina cristiana algo que no constituye parte de su contenido. Lo que Jesús indica es:
  1. Que nadie podría condenar sin estar libre de pecado.
  2. Que no existe límite para el perdón.
  3. Que quien no esté manifiestamente en contra se encuentra implícitamente a favor.
  4. Que quien use la espada a espada morirá.
  5. Que Dios hace salir el sol sobre justos e injustos.
  6. Que operar en separar los bueno de lo malo no es tarea de los hombres, porque pueden caer en el error. Ese juicio está reservado a Dios.
  7. Que la misión de Cristo -y por tanto la de los cristianos- no es condenar, sino salvar.
  8. Que cualquier precepto religioso está sujeto a la práctica efectiva del bien.
  9. Que se debe corregir con actitud fraterna.
Sirvan estas anotaciones a la tolerancia que domina el mensaje de Jesús, de cuya vida sólo se evidencia una marcada intolerancia hacia quienes hacen de la religión un asunto de próspero beneficio. Intolerancia de Cristo hacia las autoridades religiosas, cuya intolerancia será la que le condene a muerte.
La tolerancia ética y moral no renuncia a ningún valor, sino que asume que cualquier valor se debe vivir y transmitir de modo libre y responsable, y tanto más, cuanto más significado sea el valor, se impondrá a la razón. Por ello, si el objetivo de la predicación cristiana está en mostrar el testimonio de verdad del mensaje de Cristo como Él lo encarnó, no existirá criterio que sustancie la intolerancia sin, al mismo tiempo, desfigurar la misma esencia del cristianismo.
El gran peligro para la humanidad está en pensar que por la fuerza se puede imponer una creencia o ideología, como tantas veces la historia parece respaldar, pero la misma experiencia pasada indica cómo esas imposiciones sólo logran someter la apariencia de la convicción, pero nunca la conciencia, y por ello constituyen representaciones de la sociedad que más pronto o más tarde se diluyen en la propia contradicción.
La intolerancia, que causó la crucifixión de Jesucristo, quizá sea una de las mayores cruces que debe arrastrar el cristianismo. De su propia reflexión está el rectificar y ofrecer al mundo un nuevo testimonio, o seguir lastrado en su histórico error.