PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 60                                                                                         ENERO - FEBRERO  2012
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LAS RIENDAS DE LA ECONOMÍA

 
La economía es un ciencia, en cambio, la política es más técnica que ciencia, y de ello se puede seguir que la política económica debe asumir el rigor de la ciencia, pero debe controlar su aplicación desde la técnica que asegure las rectificaciones necesarias para que sirva a la sociedad. Por ejemplo: La teoría científica puede predicar la autorregulación de los mercados, pero la técnica debe proceder a evitar el colapso de los mismos, antes que ello se generase por la autorregulación. Conocida la ciencia, su buena aplicación técnica es la que se adelante a evitar los periodos de depresión mediante la modificación de los hábitos ciudadanos descuidados. Por eso, la política debe asumir las riendas para evitar, en todo lo que se pueda, los periodos cíclicos de decadencia, por más que se haya de admitir la enorme dificultad de controlar la multitud de factores que indicen en la economía.
Las escuelas que propugnan el no intervencionismo de las administraciones públicas en favor de la libertad económica de los ciudadanos, y que estos rectifiquen cuando les aprieten las consecuencias de sus errores, olvidan que la ciencia económica pura sólo existe en la abstracción matemática, pues la economía real es la que deriva del ejercicio diario de los actos de millones de ciudadanos que generan infinidad de perturbaciones, ya que muchos de ellos no siguen los modelos lógicos que constituyen la base de una buena ciencia. Entre estas perturbaciones bastaría citar, por ejemplo, la muy extendida de gobernarse por una economía a corto plazo, cuando el rigor de la ciencia se muestra con toda su contundencia en el medio y largo plazo.
La buena gobernanza económica, que exige planificar con una perspectiva de decenios, no se ajusta del todo bien ni a los procesos continuados de cambio político, ni al fin especulativo del mercado de beneficios inmediatos. Esos factores interfieren con tal potencia en la lógica económica que tanto el uno como el otro se hacen responsables de una gran parte de la inestabilidad de la economía social al servicio de los ciudadanos. Pero el desajuste más decisivo proviene de la falta de autoridad  económica, entendiendo ésta, no como el poder que efectivamente regula imponiendo su interés, sino quien gobierna la economía común a los ciudadanos mediante criterios que se imponen por su lógica en la sociedad.
Una responsabilidad importante de la economía libre recae en los ciudadanos, bien sea desde su perspectiva de consumidores o de su quehacer laboral o empresarial. Por eso el consenso económico de una sociedad exige que haya una autoridad que exija esa responsabilidad.
El dominio de las riendas de la economía es algo que pertenece intrínsecamente al sistema, dado que la fiabilidad de una economía nacional o de un sector global depende de la solidez de los principios sobre la que está cimentada. Gobernarla será, por tanto, lograr que toda su estructura y sus aplicaciones no entren en contradicción con esos fundamentos. Cada vez que un poder contradice los criterios lógicos que inspiran un sistema, cabe que sea para perfeccionar el propio sistema, pero también que se trate de un experimento financiero que lo contamina. Por ello se hace necesaria la autoridad que dictamine la idoneidad de las incidencias económicas sobre el conjunto del sistema, porque las consecuencias de una desafortunada gestión en el mercado no sólo afecta a la ruina del inversor, sino que puede arrastrar otros sectores dependientes.
La gobernanza económica siempre ha suscitado una controversia de poder entre las clases sociales con intereses aparentemente contrapuestos. De ello derivan las tensiones sociales para definir un sistema que acepte la mayoría, lo que parece que ni la democracia ha logrado imponerse a sí misma como materia elemental de convivencia. La demagogia y el dominio de los grupos de presión hacen de la economía el arma perfecta para la captación de votos que sostienen la perpetua inestabilidad de un sistema que exigiría el máximo de coherencia lógica para su eficacia. Porque si es el mismo sistema sobre el que se duda ¿cómo se podrá exigir rigor en su aplicación?
Muy posiblemente las riendas de la economía hayan de condicionar los anhelos políticos de muchos ciudadanos por el mismo bien de la supervivencia de la libertad, aunque queda siempre abierto el espacio de progreso para rediseñar el marco sistémico que ahonde en una economía tanto más aceptada en cuanto más se ajusta a al percepción de la justicia que la sociedad interioriza.