PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 7                                                                                                       MARZO-ABRIL 2003
página 4


LIQUIDACIÓN DE DEMOCRACIAS






La democracia como sistema político radica en la asunción del poder por el pueblo y en la configuración de un entramado social que posibilite a los ciudadanos el ejercicio real de participación. El progreso en involucrar al pueblo acentuando su cultura y responsabilidad social y la configuración de estructuras de participación marcan el desarrollo del sistema y su correspondencia con los grados más altos de libertad.

La representación directa como forma de gobierno en los diversos niveles de la Administración del Estado garantiza las premisas básicas para que un sistema pueda considerarse democrático, pero, de por sí, la mera representatividad no supone más que un incipiente desarrollo democrático de la sociedad. La democracia está en la posibilidad de confrontación de las ideas, en la pluralidad de las ofertas sociales y en la concertación del diálogo constructivo entre todos los agentes sociales. La esencia de la democracia se compromete en la libertad de opinión que da opción a la libertad de elección.
La tendencia en los países democráticos continentales europeos ha sido desde hace tiempo la efectiva oferta de muy variados programas sociales sustentados por un racimo variado de ideologías. La constitución de los gobiernos y su línea de actuación se configuraban según los compromisos electorales en programas eclécticos que respondían a las demandas mayoritarias de las coaliciones de gobierno.
En los últimos tiempos se está observando un hecho social paradójico, mientras que la polarización de las ideologías remite y las formas políticas presentan programas más próximos, la emergencia de alternativas va desapareciendo y la oferta política se empobrece progresivamente. Se mantiene la estructura formal de la democracia pero se debilita la consolidación real de la participación popular.
La reforma de los sistemas constitucionales para favorecer a los grandes partidos y la propaganda política a través de los medios de comunicación del Estado han tergiversado la idea más profunda de la democracia a favor de facilitar la tarea de gobierno a mayorías estables. El bipartidismo, o sea, la mínima oferta social, se ha impuesto como cara práctica del poder democrático.
El problema se acentúa cuando la estructura interna de alguno de esos partidos no es democrática no participativa, sino que se configuran más al estilo de las viejas aristocracias de grupo de influencia. Se construyen de arriba hacia abajo dejando a las bases, a lo sumo, la posibilidad de asentir.
La participación así asentada en el Estado, dista mucho de la filosofía de la democracia, y se configura cada vez más como una forma enmascarada de alternancia cerrada a la proyección de progreso. La consolidación del estatus de poder otorgado a los partidos mayoritarios hace que los mismos convengan demarcar a los ciudadanos los límites del pensamiento en lo establecido por su propia ley. La partitocracia con el progresivo control de los resortes sociales: información, educación, cultura, justicia, etc. se aproxima a los totalitarismos y hace de la democracia una caricatura de su ser.
La capacidad de una República para abrirse al futuro, para ser receptiva a las verdaderas demandas sociales, para consolidarse en el progreso de la justicia, depende de la verdadera inserción del pueblo en el tejido político mediante partidos e instituciones realmente representativos.
Cada vez más en el bipartidismo se aprecia una ausencia de verdadera creación política, y los ciudadanos votan a una y otra formación más por el castigo social de las promesas incumplidas y el abuso de poder, que por la atrayente oferta de progreso que pueda sugerir la oposición.
Es sorprendente que la liquidación de los más genuinos valores democráticos puedan derivarse de la práctica de la misma. Posiblemente no sea más que el indicador de que muchos políticos se valgan más de la democracia como de disfraz que responsablemente promuevan estructuras en el Estado que favorezcan la diversidad y la participación social. Por más que el bipartidismo pueda favorecer gobiernos estables, los amplios parlamentos en los que las leyes nazcan como auténtico reflejo de la participación social serán los que más controlen la corrupción y la tentación del liderazgo totalitario.