PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 73                                                                                     MARZO - ABRIL  2014
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COHERENCIA

 
La cultura de los pueblos ha tendido a sostener como socialmente correcto aquello que se ajusta a la norma mayoritaria, que desde su arraigo como costumbre o ley obligaba a las personas a ajustar sus actos a ello. Paralelamente a esa determinación de la tradición o de la norma de la autoridad, la filosofía siempre ha mantenido como referente propio de la  conducta a la propia conciencia, ya que, aunque la determinación del bien y el mal se pueda proclamar en bandos, cada persona conoce qué discrimina su conciencia como lo que ha de obrar y lo que ha de evitar hacer. Sin duda, lo que por tradición se aprende y lo que la autoridad dicta condicionan la génesis del conocimiento e influyen de forma notable sobre la razón, aunque la calificación que se produce en la conciencia y que mueve a la voluntad a obrar de una u otra manera sigue de forma próxima a la experiencia o intuición del bien que se puede lograr.
El que al obrar se quiera hacer el bien y que se estime constituirlo como un hábito es lo que caracteriza a la disciplina ética, que puede enmarcarse contemplando la regla común de comportamiento deseable, lo que sería la ética social, o según el dictamen de la razón individual, que sería la ética personal. Que la ética personal se ajusta a la social es fácil que se produzca en un alto porcentaje decisorio de la razón, pero puede existir un ámbito de actuación donde la conciencia particular discrepa con el dictamen general, en cuya tesitura cada persona debe indagar sobre las causas de esas divergencias, resolviendo en consecuencia siguiendo siempre la valoración de la conciencia propia, pero dejando a salvo la objetividad de la norma social respecto al derecho de un tercero. Esta  configuración de la conciencia como norma próxima de conducta es la más aceptada por la ética filosófica cuando la razón no es capaz de discriminar el error entre la conciencia cierta subjetiva y la verdad objetiva.
La ética del comportamiento concierne más veces al esfuerzo de la voluntad por obrar según el dictamen de la propia razón, que en la duda de conciencia; ya que, aunque a veces puede costar conocer objetivamente el bien a hacer, lo más común en el momento de la disposición del obrar es que se tenga conciencia cierta de lo que se debe hacer, pero en esa posición de decisión alcanzada muchas veces el esfuerzo que pueda exigir hace que la voluntad se achique a obrar. Es el momento en que surgen las justificaciones para moderar el compromiso ético rebajando la exigencia personal. Una de esas justificaciones de la razón se produce por la avenencia a interpretar como suficiente lo requerido por la ética social efectiva, de acuerdo al comportamiento común de los ciudadanos, que considera permisivamente ajustar el concepto de bien a disponer o disfrutar de  lo bueno.
La posición más cómoda en la sociedad está en mantener un lenguaje ético equívoco, en el que se defiende como objetivo ideal tanto como el entendimiento alcanza a considerar, elevándolo a meta social; pero, sin embargo, en la resolución particular no se asume el esfuerzo para lograrlo. Para no devaluar la coherencia ética personal se debe obrar siguiendo a la demanda de la propia conciencia, por más que en el entorno social se impongan hábitos menos exigentes de comportamiento, que lo que hacen es valorar más el esfuerzo personal, cuando se podría  ceder y contemporizar. Dado que le ética es un disciplina individual, su trascendencia es la sociedad no se mide por lo que habría que hacer, sino por la calidad del compromiso personal que logra hacer el bien. Lo que cada individuo obra siguiendo el dictado exigido de su conciencia es como un gota en un océano, pero cada una de esas gotas llena el océano.
 

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