PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 91                                                                                  MARZO - ABRIL  2017
página 7

CRISIS DE CRISTIANISMO

 
La principal crisis en el cristianismo viene de lejos, no de ahora, pues desde hace muchos siglos se ha relegado la expectativa de la segunda venida de Jesucristo, espera que constituyó una de las referencias fundamentales de la fe de los primeros cristianos. No es que en los primeros siglos se creyera algo distinto de lo que ahora se predica, sino que en aquel tiempo se creía con auténtica certidumbre lo que con el paso de los años y los siglos se conoce como una realidad futura, tan futura que casi ningún cristiano considera que personalmente la contemplará.
Precisamente la lógica indicaría que cada vez está más próxima la segunda venida de Cristo, pero el imaginario cristiano respecto a lo que normalmente se reconoce como "el final de los tiempos" ha cambiado tanto que ya no ocupa un lugar central el anhelo de la venida de Jesucristo, aunque ello no deje de tener una referencia habitual en la celebración de la liturgia.
La posición dominante que se ha concedido a los signos proféticos antecedentes de la segunda venida de Cristo ha hecho que lo apocalíptico ocupe, desde hace muchos siglos, el imaginario cristiano del fin del mundo, fijado más en la destrucción que puede obrarse sobre la materia que en la liberación del alma de la dependencia corporal. La esperanza cristiana de que la segunda venida de Cristo representaría la victoria de la razón sobrenatural sobre la maldad humana se ha diluido en el espanto que se atribuye al límite de violencia que propiciará la destrucción de la naturaleza. Lo que Jesucristo predijo que el devenir de los tiempos depararía al hombre previamente a su regreso se ha convertido en el centro de una expectativa pesimista que apenas algo conserva de la fe de los primeros tiempos.
Si se preguntara a los actuales cristianos sobre la posibilidad de que el fin del mundo acaezca de inmediato y su deseo de que ello sea así, la respuesta probable de casi la totalidad de los encuestados sería la de que ni lo esperan ni lo desean. Ello los distingue de quienes en los primeros siglos lo concebían probable y esperado, porque la fe en la vida sobrenatural se imponía sobre las ligaduras que les ataban al mundo terreno.
Ese reticencia  de los actuales cristianos a recibir el fin de los tiempos puede comprenderse, que no entenderse, desde el sentimiento de temor a enfrentarse a lo desconocido, más cuando a esos acontecimientos se les interpreta de desdicha y destrucción, cuando, por el contrario, la fe cristiana lo que enseña es que la definitiva venida de Cristo será instantánea, apacible y remuneradora. Frente al recelo de la pena por la destrucción material y el posible dolor propio y de los allegados, el cristiano debería oponer la esperanza de la regeneración del orden universal y la comprensión intuitiva de toda la realidad espiritual y material, actualmente tan opaca a su mente.
Sostener una fe sin esperanza cierta parece ser signo de los tiempos, consecuencia de concebir implícitamente la desconexión entre lo infinito de los tiempos y la eternidad de Dios,  lo que es efecto de una causa y el efecto sin causa.
 

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