PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 93                                                                                  JULIO - AGOSTO  2017
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DEFENSA DEL HÁBITAT


La distinta percepción de los riesgos contra la naturaleza que caracterizan a determinados actores políticos no puede tener más origen que:
1º En la escasez de sensibilidad científica.
2º En el oportunismo económico.
3º En la preeminencia de la gerontocracia.
Cuantas más de esas tres características se reúnen, mayor es la pasividad para afrontar los urgente retos contra los efectos de la contaminación ambiental, pues quien no reconoce la degradación, le afecta la reconversión directamente a su posición de poder o no se considera implicado por las consecuencias en razón de su edad justificará su pasividad en la incoherencia ajena de afrontar inversiones y reconducir modelos energéticos y productivos por efectos posibles de causas inciertas, como si  el futuro no debiera condicionar el bienestar del presente.
La evidencia de señales que ofrece la naturaleza misma, como la constatada medición del calentamiento global, debería impulsar a todos los gobiernos a la prevención, porque universales van a ser los efectos, admitiendo la responsabilidad de la mayor implicación de quien más contamina, con independencia de ser o no el probable más damnificado. Una cosa es la discrepancia del alcance de las causas y la probabilidad de la contundencia de los efectos que puedan generar los cambios de los agentes atmosféricos, que se tiene que dilucidar en el debate científico, y otra el interés particular de negar la mayor para justificar la insolidaridad en los compromisos y actuaciones.
El peligro para el hábitat por la crecida del nivel de los mares, por la intensidad de los huracanes, por la desertización, por lluvias torrenciales, etc, con ser un peligro no es el mayor de los  derivados del calentamiento global, sino que más temibles son los efectos que sobre la humanidad se puedan cernir por la inadaptación de las defensas orgánicas de los seres vivos a la expansión de los agentes transmisores por la aclimatación de grandes nuevas superficies terrestres a las condiciones de su reproducción. Plantas, animales y personas pueden tardar generaciones para adecuar sus sistemas de defensas biológicos, mientras el ascenso de temperaturas que favorecen la expansión microbiana se realice en pocos lustros.
Prevenir mal se puede programar si se parte de negar el riesgo. En lo que no sea posible neutralizar las consecuencias de la contaminación ambiental, se puede al menos investigar cómo paliar sus efectos. Quizá la acción de los agentes políticos responsables deba suplir lo que los negacionistas perturban, pero ello no suple la necesaria presión sobre sus autoridades de los ciudadanos implicados con la conservación del ambiente.
 

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