PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 93                                                                                  JULIO - AGOSTO  2017
página 8

FUNDAMENTALISMO RELIGIOSO


Hace decenas de años, el fundamentalismo o integrismo religioso se debatía en ámbitos teológicos y clericales; con el nuevo siglo y la perspectiva violenta de una sociología afecta a extremismos religiosos, el concepto de fundamentalismo ha trascendido al lenguaje común, sin embargo, la descripción de qué es el fundamentalismo y qué en él guarda relación con una auténtica espiritualidad ha sido poco tratado.
La semántica del fundamentalismo refiere a la revalorización de los fundamentos espirituales originarios de una religión, que están vinculados a una tradición oral o escrita, la que se pide sostener frente a la acomodación de esa doctrina al progreso científico, a los cambios sociales y a la evolución de las costumbres. El fundamentalismo busca la inmutabilidad de un mensaje religioso en el devenir de la historia, pero con frecuencia, en vez de los auténticos valores espirituales, lo que preserva son interpretaciones prácticas de una tradición.
Toda religión, por sostener su creencias en una vinculación a la iniciativa divina, se define como inalterable, pues la consideración de un Dios eterno exige que su doctrina sea asimismo eterna. Si se identifica como revelación de la voluntad de Dios, debe ser tan inalterable como lo sea la perfección del mismo, y por tanto su contenido vinculante para todos los fieles de todos los tiempos.
Al fundamentalismo, expresado como doctrina, cabe presentarle objeciones, no sólo en cuanto a la crítica de su trascendencia social, sino en la misma esencia de la espiritualidad que debería contener en cuanto concierne a la religión. Alguno de los rasgos más controvertidos son:
  • Distinción real entre el cuerpo y al alma respecto al sujeto de la actividad espiritual. Esa distinción entre las substancia material y espiritual que constituyen la persona humana trasciende en la distinción entre la determinación material del cuerpo y la libertad intelectual del alma. Igual que la naturaleza de Dios, por ser puro espíritu, carece de sexo y género, en el ser humano, respecto a la trascendencia espiritual, el alma lo es todo y el cuerpo no vale para nada; por ello la religión, que es relación espiritual entre la persona y Dios, no está determinada en su calidad ni en su perfección por la salud, la etnia o el género de la persona. De este modo la referencia religiosa a la predicación de los profetas como fundamentos de la manifestación divina no puede ser interpretada desde la materialidad de su existencia, sino desde la realidad espiritual de su alma. Los profetas no son líderes personales o sociales, sino instrumentos de mediación en la revelación de los valores de la esencia espiritual de Dios al hombre.
  • Del mismo modo que la forma de vida de cada profeta no determina su mensaje, menos lo hace su entorno social, aunque forme parte material del referente comunicativo de los valores que se quieren transmitir. El contenido de la revelación de la esencia divina siempre es eterno, por tanto situado fuera del tiempo y válido para todo momento y lugar, lo que desmitifica el valor que el fundamentalismo religioso quiere trascender de las formas y maneras de vivir de la época en que sus antecesores percibieron y predicaron la revelación.
  • En la identificación de la forma propicia de la práctica religiosa, el fundamentalismo tiende a reivindicar las estructuras religiosas mundanas como determinantes del poder divino, cuando realmente estas no son más que imitaciones de la forma de estructurarse la sociedad civil de cada tiempo y lugar. Esa sociología religiosa no es más que sociología, o sea, muestra de la piedad con que una comunidad exterioriza su religiosidad, pero no representa el valor intrínseco de la directa relación entre las personas y Dios. Considerar esas estructuras de poder como cauce de dominio para imponer la religión, aunque se recurra a ello como referente histórico práctico, es ilegítimo tanto como vulnera la libertad del espíritu humano y la liberalidad divina de haberlo dispuesto así.
  • El legítimo interés por la difusión de las religiones tiene que asumir que el propio misterio de lo inaccesible de Dios requiere la libre complicidad de la libertad humana para, desde el gobierno de su razón, admitir la credibilidad de cada doctrina. Muy posiblemente es más la experiencia espiritual que cada persona pueda alcanzar la que le facilite su adhesión a una fe, que la imposición que el entorno social pueda ejercer. La relación religiosa no sólo es consecuencia de la veracidad de la revelación de Dios, sino también de la capacidad intelectual de cada conciencia para entenderla; lo que genera que la realidad de la religión no sea una simplicidad que se pueda exigir e imponer, como parecen demandar los fundamentalistas, sino un infinito compendio de relaciones complejas de cómo se entienden cada alma y Dios.


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