PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 94                                                                                  SEPTIEMBRE - OCTUBRE  2017
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COMPARTIR EL DOLOR

Una inclinación de la solidaridad es compartir el dolor de las personas cercanas. Esa postura es muy loable,  pero ¿realmente el dolor individual es factible de ser compartido?
El dolor es físico es una sensación del sistema nervioso que sirve como aviso de una anormalidad funcional. El dolor moral es un sentimiento mental originado por una percepción o un conocimiento adverso. Como tanto el sistema nervioso como la mente son personales e intransferibles, el dolor en sí no se puede compartir, al menos en el sentido estricto de este vocablo, que indica partir y repartir la parte o partes de una sustancia. El dolor que cada persona padece en cada momento de la vida ha de afrontarlo individualmente, asumiendo que puede ser acompañado en el dolor pero ello no elimina la parte de sufrimiento que el mismo entraña. Por muy grande que sea la cercanía y la solidaridad que una a distintos seres humanos, cada uno podrá sufrir el dolor de contemplar a su amigo sufrir, pero por mucho que sea ese aprecio lo que cada uno sufra no resta al sufrimiento de los demás.
La experiencia de lo intransferible del dolor es una de las razones por las que muchas personas tienden a disimular o reducir el dolor que sufren para no extenderlo a los próximos, quienes, precisamente por ser los más apreciados, se suponen  los más sufridos por el dolor del amigo. Esta posición de solidaridad con los demás no suele ser bien entendida, pues muchos sostienen la pretensión de que el dolor se rebaja al compartirlo, cosa que no es cierta ni en el dolor físico, ni en la mayor parte de los padecimientos psíquicos. Comunicar el dolor supone de hecho extender el efecto de la causa, en la medida que a cada nueva persona le afecta.
Distinto de compartir el dolor es la habilidad para mitigarlo. De hecho los profesionales de la salud, los sicólogos y un sinfín de seres humanos se preocupan por mitigar el dolor ajeno, habitualmente el más próximo, a veces el más lejano, actuando sobre la causa que aqueja a otras personas. Unos lo hacen como actividad profesional, otros por sensibilidad social o movidos por una determinación moral, como puede ser la religiosa o la correspondencia a haber sido liberado de sufrir. Todas ellas comparten la esencia de la solidaridad, con independencia de que sean retribuidas o no económicamente esas prestaciones. Cuando el paciente se aproxima a quien puede mitigar el dolor actuando sobre su causa, es cuando no debe contenerse de expresarlo con toda su crudeza, pues en ese caso no se trata de compartir el dolor, sino de eliminarlo o reducirlo, lo que no sólo repercutirá sobre el paciente y su entorno, sino también sobre la propia estima de quien se sentirá recompensado por haber cooperado a extinguirlo.
 

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