PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 94                                                                                  SEPTIEMBRE - OCTUBRE  2017
página 6

ESTIMULANTES

El creciente aumento del consumo de estimulantes, sean drogas naturales o sintéticas, blandas o fuertes, debe hacer cuestionarse a la sociedad sobre las causas que motivan el recurso de tantos ciudadanos, de cualquier clase social, a ellos, y el rastro de adicción y dependencia que generan. Si la causa está ligada a hábitos de vida que exigen ese refuerzo de estimulantes por el estrés soportado, deberá abordarse como un tema de salud pública su racionalización médica, y no que quede a merced de las sensaciones su consumo.
Mayormente al consumo habitual de estimulantes se llega bien porque sin necesidad específica de ellos se prueban por curiosidad, convencionalismo social o incitación de otra persona; o bien porque un estado de ansiedad, depresión o debilidad induce al recurso de sustancias estimulantes que permitan superar la inacción a que conducen los nocivos estados mencionados. El gran problema procede de que, en la mayor parte de los casos, cada persona tiende a probar soluciones hasta encontrar las sustancias que le mejoren, aunque no curen, porque ello permite afrontar las responsabilidades inmediatas, aunque no se sopesan las consecuencias posteriores.
Al mercado oculto de estimulantes se le puede culpar de inducir al inicio del consumo no ligado a estados de necesidad previos, pero, cuando estos existen ese mercado se hace con el cliente porque la sociedad no ha admitido el extendido hábito de consumo. En la mayor parte de los casos, lo que la salud pública no ha sabido solucionar en el inicio, ha de hacerlo sobre los estados de degradación que la droga ha creado. Porque el consumo de estimulantes exige progresivamente incrementar las dosis para sostener los efectos, y en consecuencia de ello se cae en la adicción. Tratar a los pacientes que exigen estimulantes, por sus muy diversas circunstancias, desde el inicio medicándolos adecuadamente, incluso con el control de productos naturales debidamente contrastados, convenientemente dosificados y valorando sus efectos con un efectivo seguimiento, allá donde no se puedan aplicar terapias alternativas, sería mejor solución de salud nacional que dejar que los consumidores sostengan un mercado opaco sin control de salubridad o racionalidad.
La aparición de las drogas sintéticas, trapicheadas en pastillas, que facilitan su camuflaje y su consumo, suponen un agravamiento exponencial de la exposición a los efectos desbastadores de las drogas, porque la pastilla no identifica el producto por sus rasgos externos, como las hiervas, permitiendo a los demandantes perder el control de los productos que consumen y de su calidad, pues semejantes píldoras en la forma pueden contener substancias y cantidades muy diversas por la potencia de su acción.
Si el ideal de que la salud física y mental de la ciudadanía hiciera que no se hubiera de buscar recursos en los estimulantes para llevar una vida satisfactoria no es posible de ofrecerla determinados entornos de la sociedad, sería conveniente que la acción de las autoridades responsables de la salud establecieran más alternativas para abordar el problema que las meras policiales para contener el tráfico de estupefacientes requeridos como estimulantes. Es cierto que una gran mayoría de la población no es capaz de sostener el ritmo de vida que otros quieren marcar como el ejemplo a seguir o como el nivel de exigencia común en la vida laboral. Piénsese, por ejemplo, en el notable incremento de los profesionales de la conducción de vehículos que han de recurrir a servirse de estimulantes para lograr cumplir los objetivos mínimos de trabajo que le retribuyan con lo necesario para vivir, lo que está produciendo que se incrementen los accidentes de tráfico por carretera o ciudad; pero ello mismo se repite con los conductores de maquinaria laboral; por no decir incluso de los ejecutivos financieros, cuyo descontrol puede ocasionar pérdidas cuantiosas a sus clientes; incluso médicos y sanitarios han de recurrir a estimulantes para sostenerse en los largos periodos de actividad y guardias, aunque ellos tengan la facilidad de conocer y acceder a esos remedios con más facilidad que los demás trabajadores.
No se sabe bien si encontrar las alternativas sociales para atajar el incremento de las dependencia de los estimulantes encalla por la burocracia de la administración pública, la escasez de rédito político o el poder de las mafias que lo trafican, pero parece cierto que habría que hacer más que campañas publicitarias para luchar eficazmente en el control del uso de estimulantes, implicándose las administraciones públicas en reconocerlo como un problema de salud ciudadana desde la gestación de la causa, a la demanda al consumo, sin olvidar los daños colaterales del tráfico ilícito.
 

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