PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 94                                                                                  SEPTIEMBRE - OCTUBRE  2017
página 7

GUERRA FRÍA

Podría parecer que el sintagma "guerra fría" fue creado en la segunda mitad del siglo XX para significar la carrera armamentística con la que los estados ejercen su dominio internacional sin alcanzar la confrontación armada. No obstante esa apreciación, la realidad es que la guerra fría ha existido desde la antigüedad, pues en todos los tiempos ha existido la competencia militar par hacer preponderar el poder de unos imperios sobre otros. Al fin y al cabo, la terminología bélica utilizada significa de por sí un estado de violencia y confrontación entre pueblos que se sostiene sin llegar a estallar porque el temor mutuo reprime el ansia de poder por el riesgo de perecer.
Como toda violencia, la guerra fría encuentra su causa en la injusticia con se ordenan las relaciones internacionales, pues los pueblos no se enfrentarían si no fuera por la incapacidad de resolver sus diferencias por medios pacíficos. Precisamente esa ausencia de justicia y paz --valores que demasiados políticos conciben como signo de debilidad-- es la justificación para satisfacer los intereses bélicos de determinados grupos de presión social frente al pacifismo popular, argumentando el perpetuo temor a ser atacados por el enemigo. Si bien en la antigüedad una parte importante de esa protección se confiaba al amurallamiento defensivo de las ciudades, actualmente la confianza de la población se erige sobre el poderío armamentístico, por lo que se hace necesaria la continua exhibición de la fuerza militar, ejerciendo maniobras coercitivas tan agresivas como exija la tensión de las relaciones internacionales.
Aunque la causa de toda guerra es la injusticia, su vehículo efectivo es el autoritarismo que incapacita a los pueblos para resolver sus diferencias por la diplomacia cuando la pasión del poder incapacita para escuchar, dialogar y consensuar. Es muy posible que la guerra fría no arrastre tras de sí un balance de muerte y destrucción como la guerra efectiva, y por esa causa no sea tan repudiada por los ciudadanos, pero muy posiblemente en ese cálculo de efectividad no se conceptúa que con la inversión precisa para el gasto militar de los países contendientes habría suficientes recursos para combatir la injusticia que motiva las diferencias sociales que producen la fractura ideológica en las relaciones políticas y económicas internacionales. Hacer de la guerra fría un baluarte de defensa, cuando las propias injusticias sociales son las que realmente subyacen como causa de la misma, es vivir en la trampa. Como esa actitud se reproduce en ambas partes contendientes, que denuncian la injusticia ajena e ignoran la propia, habría que recordar que ninguna injusticia la vence otra injusticia de signo contrario, como parece que la historia bien demuestra cómo a cada guerra la sigue otra y otra; si la guerra fría se quiere superar el medio no será la aplastante superioridad de una parte sobre la otra, sino porque solucionando con la justicia los escollos sociales desaparezcan las causas que inciten a la violencia.
Tras cada guerra real siempre surge la intención de crear esos órganos de justicia internacional que solucionen los conflictos, pero es evidente que, aunque en teoría nacen de la mejor intención, una vez constituidos no son más que instituciones al servicio de los intereses de estado para legitimar la injusticia, en vez de dirigirse al fin de servir a los intereses ciudadanos con la promoción de la justicia y la paz entre los pueblos.
 

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