PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 96                                                                                  ENERO - FEBRERO  2018
página 5

LA UTOPÍA EN LA RELIGIÓN

 
Utopía: Literalmente, "utópico" significa "lo que no está en ningún lugar" (tópos). Se llama (desde Tomás Moro, que acuñó la palabra) "utopía" a toda descripción de una sociedad que se supone perfecta en todos los sentidos. La sociedad misma descrita es calificada de "utopía". Se llama utópico a todo ideal --especialmente, a toda ideal de sociedad humana-- que se supone máximamente deseable, pero que muchas veces se considera inalcanzable. "Utópico" equivale en muchos casos a "modélico" y a "perfecto". (Diccionario de Filosofía de bolsillo, tomo 2, José Ferrater Mora, Alianza Editorial, reimpresión 2002, pag 818).
Desde la perspectiva social de la mentalidad humana, parece lógico que una sociedad perfecta se considere utópica, porque históricamente nunca se ha conseguido, ni siquiera de cerca, su realización. En consecuencia, todas las religiones caben en ese ámbito, pues aunque a sí mismas se consideran perfectas en la causa y fin, Dios, la realidad es que ninguna ha mostrado con sus obras esa perfección en sus fieles, de lo que se deriva la presunción social de que sus doctrinas pueden calificarse de realmente utópicas.
Considerando la religión como un acto personal más que social, su naturaleza correspondería a los actos libres de orden intelectual que se realizan en la segunda articulación del conocimiento, o sea, a aquellos en los que interviene la razón como respuesta a intuiciones creativas, pues en el ámbito de las respuestas condicionadas de naturaleza sensible no existe ninguna imputación material de la que se infiera una concepción inmaterial o espiritual, como lo es todo en el orden de la religión. Precisamente la credibilidad intelectual de la religión proviene del reconocerse el hombre capaz de intuir la estructura profunda de la existencia más allá de lo que conoce por la percepción sensible, que es su fuente de relación con el universo material que le envuelve.
No existe utopía en el orden de la naturaleza material mayor que la ley propia de su autoconservación y evolución, sea para alcanzar un fin finito o para perdurar sin límite, que incluye el destino material del ser humano en lo que no puede ser intervenido por su razón intelectual. Cabe, en cambio, considerar la utopía como el objeto propio de la perfección del conocimiento intelectual de acuerdo a cómo lo evalúa la conciencia humana, y de su modo y manera de obrar en consonancia con las decisiones libremente elaboradas. Muy especialmente el reconocimiento de un ámbito de libertad creativa implica la responsabilidad de la perfección o bondad conseguida para sí, su grupo social, la humanidad y el orden universal, y porque puede haber contradicción entre unos y otros intereses, o porque la perfectividad puede ser mejorada es por lo que la utopía se establece en la radicalidad global del fin insatisfecho.
En la práctica de la religión el fin es el conocimiento de Dios, lo que sólo puede lograrse por la manifestación del mismo, bien de modo indirecto a través de un medio, como lo hacen las doctrinas consolidadas, o de modo directo a través de la intuición intelectiva. En ambos casos la iniciativa procede de Dios que se da a conocer, pues, bien sea aceptando la confianza en el medio o reconociendo la experiencia de la intuición personal, la religiosidad sólo es auténtica cuando el ser humano asume su pasividad y se deja acceder por la espiritualidad divina.
Sea cual sea la religión que se practique, el influjo de Dios debe mostrar una intuición de fe en su existencia, una intuición de amistad y una intuición de confianza en su ayuda. Esa iniciativa de Dios no condiciona la respuesta humana, sino posibilita que la misma, siendo libre y voluntaria, se abra a conocer el modo de ser de Dios para entender con más perfección el modo de ser de la criatura racional.
Una de las intuiciones intelectivas que el ser humano recibe de Dios es la de la bondad, que mueve a obrar el bien consigo mismo y con las demás personas, lo que se logra al poner como fin de toda acción un beneficio o perfección para con quien se entra en relación o para consigo mismo. La naturaleza primaria del ser humano busca de cada modo y manera de obrar la satisfacción, pues es el modo de respuesta condicionada del conocimiento sensible; como todos los seres vivos, el hombre también se inclina por disfrutar de lo bueno y repudiar lo dañino, pero su sensibilidad espiritual diferencia entre ese gozar de satisfacciones sensibles y la experiencia de ejercitarse, empleando su razón y su esfuerzo, en conseguir perfeccionarse o perfeccionar a los demás, lo que se consolida como valor ético en su conciencia y virtud moral en su voluntad.
La fe y la confianza derivada de la relación del alma humana con Dios constituyen el verdadero componente de la utopía en la religión, pues cuando el recurso para lograr las aspiraciones de perfección no se fundamenta en la capacidad de la razón y la voluntad del ser creado, sino en la omnipotencia del creador, se considera posible conseguir con su ayuda lo que al hombre se le hace prácticamente imposible de lograr. Es esa esperanza en la acción sobrenatural la que conforta para pretender la paz entre las naciones, la justicia social, la concordia en las familias, la protección del débil, el respeto a la diversidad, el perdón al enemigo, la tolerancia, etc. Esa confianza en el poder de Dios no hay que confundirla con el fanatismo de tentar a Dios a que obre de acuerdo al interés de sus fieles, ello supondría invertir la esencia de la religión, de modo que lo espiritual se pondría al servicio de lo material, como se ha producido y produce en tantas esferas de la religión. Además, la esperanza en el poder de Dios no debe ignorar que obra de acuerdo a su propia forma de ser, y por tanto no violenta la ley de la creación ni la libertad del ser humano; por tanto, el recurso habitual de la acción sobrenatural para cambiar el curso de las cosas es el de la intuición intelectiva para persuadir a las personas a elevar su visión trascendental y razonar objetivamente en obrar siguiendo la verdad y el bien.
 

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